Comentario del mensaje del 25 de Octubre de 2010

“Queridos hijos, que este tiempo sea para vosotros tiempo de oración. Mi invitación quiere ser para vosotros, hijitos, una invitación para que os decidáis a seguir el camino de la conversión, por eso orad y pedid la intercesión de todos los Santos. Que ellos sean para vosotros ejemplo, estímulo y alegría hacia la vida eterna. ¡Gracias por haber respondido a la llamada!”

Toda ayuda a nuestra conversión es poca. Somos débiles necesitamos todos los auxilios del cielo y de la tierra, pero sobre todo del cielo. “Nuestra ayuda es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Ps. 124, 8). Por eso esa insistencia casi cansina a la oración. Nada podemos sin ella, sin la oración. Nada podemos si el Señor no viene en nuestra ayuda, a nuestra oración. Cuantas veces pensamos que con nuestras fuerzas vamos a edificar algo. ¡Qué equivocados estamos! “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas” (Ps. 126). Debemos dejar nuestras vidas en manos de Nuestro Señor. La oración es signo de ese abandono, de ese dejar que el Señor obre en nuestra historia personal. La participación en la Eucaristía, la lectura de la Biblia, el ayuno, la confesión, el rezo del Santo Rosario son signos con los que buscamos perpetuar la presencia del Señor en nuestras vidas. Hemos de ser conscientes de esta gran verdad: sin Él no podemos nada, nada. Todo pasa por abandonarnos en el Señor. “Señor, cada día que pasa voy viendo mejor lo que tengo que hacer para santificarme; antes creía que era yo, desgraciado de mi, el que ponía la virtud, y que si algo bueno hacía, también lo hacía yo, y no… ¡Señor!, no es eso, todo lo bueno lo pones Tú…, por tanto, lo mejor es dejarte hacer en mi vida.., yo me entrego del todo a Vos, no quiero tener ni aún deseos de ser bueno, si vuestro deseo no es ese. No quiero nada. Quiero ser nada para el mundo. Quiero ser todo vuestro, hasta mis pecados os doy, pues ya es lo último que me queda que sea exclusivamente mío. ¿Estáis contento Señor? Yo sí lo estoy” (Vida y escritos de san María Rafael Arnaíz, p. 209). La oración perfecta no es que nuestro corazón se una al de Dios, no; la oración perfecta es cuando Dios reza en nosotros. Ya no somos nosotros sino Dios. A eso nos llama la Gospa y debemos responder. El camino para que ese encuentro se produzca es el de la santidad. El secreto es adentrarnos en nosotros mismos y buscar al Señor que mora dentro. Eso necesita paciencia, tiempo, dedicación, adoración… horas de Sagrario y contemplación. Nuestro cuerpo ha sido creado para ser templo del Espíritu Santo. Y si somos Templo es que el Espíritu Santo habita en nosotros.
Invocar la ayuda del cielo es, también, mirar a los que nos han precedido en la oración. A los que son testigos del amor de Dios a la humanidad entera. Los santos, para nosotros no son la luz, reflejan Su luz. Tenemos que mirar hacia donde ellos miran. Cómo el Icono de la Resurrección que encontramos en la Comunidad del Cenáculo, si miramos a los santos vemos a Dios porque ellos Lo están mirando. “Los testigos que nos han precedido en el Reino, especialmente los que la Iglesia reconoce como santos, participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquéllos que han quedado en la tierra. Al entrar en la alegría de su Señor, han sido constituidos sobre lo mucho. Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero” (CEC 2683). No podemos infrautilizar esa gran ayuda que son para nosotros los santos. Ellos que imitaron a Cristo en vida, nos muestran el camino que debemos seguir para llegar a Cristo. La fuente es Jesús pero ellos nos dan de Su agua. Y todo por nuestra propia conversión. Para que salgamos del desierto en el que muchas veces se adentra nuestra vida y bebamos del agua renovadora de Cristo. No es de extrañar que en la proximidad de la fiesta de Todos los Santos María nos recuerde el número incalculable de intercesores. ¡Vivamos en comunión con los Santos! Ellos son, como nosotros, Iglesia. Nosotros peregrinamos en la tierra, ellos lo hacen ya en el cielo y puesto que al cielo aspiramos… Los santos son estímulo para nuestra santidad y alegría pues vemos como podemos llegar a donde ellos llegaron. En nuestras vidas necesitamos de esos faros que nos indican el camino a seguir, que nos entusiasmen en amar a Cristo.

Vivimos en una sociedad hedonista, egoísta, relativista, consumista, que ha perdido su sentido de Dios. Los cristianos estamos llamados a ser pequeños granos de levadura para hacer fermentar la masa. Pero no podemos dejar de ser granitos. “El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. (Mt. 13, 31-32). Así estamos llamados a transformar nuestro mundo. Alma a alma. Sin perder nuestra identidad, desde nuestra intimidad con Cristo. Luchando por hacer de nuestra sociedad una sociedad más humana, más llena de Dios. Sólo Dios puede dar sentido a todo. No hay que desanimarse porque las cosas sean adversas a la fe, porque muchos se empeñen en volver a crucificar a Cristo. Por mucho que nos persigan no hay que tener miedo. El Evangelio nos llama a ser pequeños a hacer crecer la masa desde dentro. Ahí está la grandeza del verdadero cristiano, en que es levadura, levadura de Dios. Así convertimos y cambiamos nuestra sociedad. Pero antes debemos dejar que Cristo siembre la semilla de su Evangelio en nosotros. ¿Qué importan las persecuciones si Cristo está en nosotros? Nuestra esperanza apunta a la eternidad, pero la eternidad está ya en nosotros. En paz y alegría vivamos ahora esa Buenísima Noticia. Sigamos a san Pablo en su carta a los Gálatas: ‘Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí’ (Gál 2, 20). Cómo lo hizo ya nuestra mística, nos lo muestra en un poema lleno de fuego: Vivo sin vivir en mi, /Y tan alta vida espero, /Que muero porque no muero.» (Santa Teresa de Jesús).

¡Qué María nos ayude a vivir en intimidad con su Hijo para que Él viva en nosotros para siempre!

Padre Ferran J. Carbonell