“Que este tiempo sea para vosotros tiempo de oración y de silencio. Dejad descansar vuestro cuerpo y vuestro espíritu, y que permanezcan en el amor de Dios. Permítdme hijitos que os conduzca, abrid vuestros corazones al Espíritu Santo para que todo el bien que hay en vosotros, florezca y produzca frutos al céntuplo. Comenzad y finalizad el día con la oración con el corazón. Gracias por haber respondido a mi llamada”
“Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt. 6,18). El ayuno es importante, pero hemos de ir a fondo: ¿por qué ayunamos? No podemos permanecer en ritualismos estériles. No podemos quedarnos en la apariencia de las cosas. Algunos ayunan para adelgazar, o para tranquilizar su conciencia. Los fariseos ponían su corazón en el ritual, eso les daba seguridad. Nosotros no podemos caer en esa actitud farisaica, nuestro culto debe ser en verdad y con el corazón. Ciertamente algunos ritualismos nos pueden ayudar y hasta pueden ser necesarios en nuestra vida cristiana. Pero en todo caso son el camino para encontrarnos con Dios, sólo un medio. Pero la condición es que vivamos de lo que significan. “Los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que le adoren” (Jn. 4:23). No podemos quedarnos en la superficie hemos de ir a fondo. Todos los rituales que podamos realizar deben estar llenos de sentido, de significado y han de ayudarnos a vivir del Amor y con Él. Desde la bendición de la mesa hasta el acto litúrgico más sublime que es la Eucaristía. Todo está hecho para ofrecer ese culto al Señor. Desde la limosna al más pobre hasta el ofrecimiento en martirio de nuestra propia existencia. Todo debe ser hecho porque nuestros corazones reposan en el Amor. “La gente se fija en las apariencias, pero yo, (el Señor) me fijo en el corazón” (1 Sam. 16:7b). Es una comunicación de Espíritu a espíritu. Dios busca nuestro interior para comunicarse, para permanecer, para mostrar su gloria y qué lo glorifiquemos. Orar con el corazón, significa precisamente eso: buscar la unión total de nuestras vidas con el que es la Vida. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto natural. Y no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Rom. 12, 1-2). Unirnos a nuestro salvador, vivir sabiéndonos siempre ante su presencia, dejarnos convertir totalmente por la voluntad de Dios. Nuestro cuerpo es para poder experimentar emocionalmente ese encuentro, nuestra alma espiritual es para poder estar con el espíritu de Dios. “Muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan del Señor se realiza” (Prov. 19, 21). Esa es una llamada para todos y debemos vivirla en la vida matrimonial, sacerdotal o religiosa; en nuestra vida de estudiante, de trabajador o de parado. No podemos dejar el ‘se haga Tú voluntad’ en una frase hecha sin sentido real. Hacer la voluntad del Padre sólo se puede hacer si nos unimos a Él, si lo buscamos por encima de todo. ”Pues la nación y el reino que no se sometan a ti perecerán, esas naciones serán arruinadas por completo” (Is. 60, 12).
“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt. 13, 44). Tenemos que preguntarnos si verdaderamente hemos encontrado ese tesoro, si lo hemos ‘vendido’ todo para seguir a Jesús. Muchas veces nos reservamos cosas, materiales o interiores. Esas cosas reservadas se convierten en cadenas que no nos dejan seguir al Señor. Para poder entender lo que nos dice hemos de disponernos a dejarlo todo por Él. El sentido del dolor, de las enfermedades es, a menudo, el de purificarnos de esas esclavitudes que nosotros mismos elaboramos. Preguntémonos qué estamos dispuestos a ofrecer para permanecer en el Señor. “Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera” (santa Maravillas de Jesús). Esa es la actitud espiritual que tenemos que ejercitar si somos realmente cristianos. Ese es el descanso en el espíritu que nos pide el Señor.
¡Qué la Gospa nos lleve a Jesús para que podamos dar frutos de vida eterna!
P. Ferran J. Carbonell